El pasado 26 de marzo, en el corazón de Bogotá, sucedió algo más que un encuentro. En la mesa larga del restaurante Salvo Patria, rodeados de café de origen y amasijos que cuentan historias de territorio, nos reunimos 30 empresarios, emprendedores y líderes de sostenibilidad de diversas organizaciones que, desde sus propias trincheras, han decidido no solo preocuparse por la sostenibilidad, sino ocuparse de ella.
La cita fue la segunda versión de Charlemos de Sostenibilidad, un espacio que desde Green Digital Comunicación Sostenible hemos diseñado para tender puentes entre quienes creen que otro modelo de apostarle a la sostenibilidad sí es posible. Este no es un escenario de conferencias magistrales, fuimos a conversar, a incomodarnos con preguntas no tan fáciles, a reconocer que el cambio climático ya no es una amenaza lejana: es una realidad que golpea costas, sube tarifas, pone en jaque cadenas de valor y, sobre todo, nos desafía a repensar el rol de las empresas en la construcción de país.
Lo que sigue es un intento por poner en palabras la riqueza de esas dos horas de encuentro. Porque si algo quedó claro, es que la sostenibilidad no se construye en solitario, y que las mejores ideas nacen cuando nos atrevemos a hablar con honestidad y a encontrar juntos soluciones que puedan ponerse en marcha ya, en la conciencia y la acción del día a día.
De la preocupación a la ocupación: el punto de partida
La jornada comenzó con el saludo de David Pacheco, experto en finanzas sostenibles, quien aceptó la invitación en vivo a ser moderador de la jornada y lanzó la primera pregunta de la charla, en torno a si los empresarios están incorporando o no en sus estrategias el costo del cambio climático. Luis Gutiérrez, director de Asuntos Públicos y Sostenibilidad de la compañía número dos de chocolates en el mundo con presencia en Colombia, abrió la reflexión con una frase que se convirtió en el hilo conductor de la mañana: “Todos estamos preocupados por la sostenibilidad, pero pocos estamos ocupados haciendo cosas por ella”.
Nos contó cómo el precio del cacao se incrementó en un 110% por efectos de la crisis climática, tensiones sociales y dinámicas globales. Para su compañía, eso no fue un dato menor: fue una lección reflexiva en torno a que la sostenibilidad no es un eje separado, sino la condición misma para acceder a materia prima que les permita seguir operando. “No fue que lográramos un éxito con este proyecto –dijo–, fue un reto conseguir mantenernos como compañía frente a otras que no lograron acceder a ese insumo”.
Esa anécdota resonó en la mesa porque puso en el centro algo que a veces se olvida: la sostenibilidad es, ante todo, una estrategia de resiliencia que exige pasar de la preocupación a la ocupación.
Riesgos que no estamos midiendo: cuando agua, energía y alimentos se vuelven eslabones frágiles
Sonia Spitaletta, periodista del podcast Pachamama, lanzó una pregunta al grupo: ¿Qué estamos haciendo en nuestras empresas frente a la gestión del riesgo de desastres?” Recordó que la ley 1523 de 2012 y la norma 2157 de 2017 nos obligan a tener planes de gestión del riesgo empresarial, pero que rara vez esa arista se integra con la sostenibilidad.
“Todo lo que pasó en Córdoba, lo que está pasando en Santa Marta con el mar llevándose una playa entera, no lo vemos como un desastre hasta que ya es tarde. Somos un país reactivo, no preventivo”, señaló.
La conversación derivó en un concepto que varios participantes destacaron: la dependencia de servicios ecosistémicos. Luis Felipe Quintero lo resumió así: “Nos olvidamos de que una abeja es importante para polinizar una planta de cacao. Si no existe la abeja, nos fregamos”.
Y si hablamos de riesgos concretos, el dato de los aumentos tarifarios se coló en varias intervenciones. Luis Felipe fue nuevamente contundente: “Se habla de un incremento de 20% a 40% en las tarifas eléctricas a final de año, pero yo creo que va a ser 50% o 60%. Y las ciudades no se están preparando”. Recordó que en Colombia tenemos más de cuatro ciudades con más de un millón de habitantes. “Si apagamos Bogotá o Medellín, la tasa de desempleo sería histórica. Y, aun así, las ciudades siguen viendo el tema de disminuir emisiones cuando solo emitimos el 0.6% del total nacional, pero no el riesgo”.
Por su parte, María Paula Lozano, empresaria de movilidad sostenible, expuso las siguientes reflexiones: “El gran problema que veo una y otra vez es que la sostenibilidad no está ligada con la estrategia del negocio. Y ahí es donde todo se desbarata. Las empresas entienden sus asuntos materiales, sus impactos, pero no los conectan con su impacto financiero real. El error más grande es tratar la sostenibilidad como un elemento separado: sostenibilidad, por un lado, riesgos por el otro. Invito a las empresas a que entiendan que la sostenibilidad no puede ser solo un área. Cuando logremos que cada área de la empresa vea su rol en esto, habremos dado un paso gigante.”
El eslabón perdido: el pequeño productor, la comunicación y la cultura
Uno de los temas que más consenso generó fue la brecha entre el discurso de alto nivel y la realidad del pequeño productor. Jhon Delfín Espitia lo planteó desde su experiencia con un proyecto ecoturístico en Silvania que, tras dos fenómenos de La Niña y la pandemia, terminó perdiendo una cifra millonaria: “Era un proyecto con enfoque social, económico, ambiental… pero se cayó. Y ahí queda la pregunta: en las iniciativas pequeñas, ¿cómo estamos impactando? ¿Cómo realmente sostenemos?”.
Luego lanzó una inquietud que recorrió la sala: “El pequeño finquero no está preparado. Quiere volverse regenerativo, pero no sabe cómo, no hay quien lo acompañe, no le prestan plata. Ya hay líneas verdes disponibles en la Banca, pero cuando uno habla de ‘regenerativo’ es como si habláramos en otro idioma”.
Karen Lorena Tabares, desde el sector financiero, complementó: “Nosotros financiamos al pequeño productor, pero muchos conceptos técnicos no llegan a las fincas apartadas donde ni siquiera hay geolocalización. Ahí es clave el equilibrio entre lo verde y lo social”.
Alejandro Gutiérrez, de Salvo Patria, puso el dedo en la llaga cultural: “Vamos a enfrentar otro fenómeno de El Niño y ¿qué aprendimos como población? ¿Qué nos enseñó el gobierno para no volver a sufrir la falta de agua? No hemos aprendido nada. Nos pusieron objetivos super complejos, pero no vemos la importancia del proceso”.
Para él, la clave está en la educación y en entender que el camino hacia la sostenibilidad es un proceso, no una meta de corto plazo. “Yo acá no quiero poner objetivos. Quiero estar en un proceso para educarnos y educar a nuestro equipo”.
Cuando la sostenibilidad cabe en un amasijo:
Si algo hizo especial este encuentro fue el cierre que nos regaló Alejandro Gutiérrez. Con un postre en la mano –un amasijo de maíz, yuca, sagú y otros ingredientes– nos explicó que ahí, sin usar la palabra “sostenibilidad”, estaban contando una historia de territorio: harina de maíz de Santander, yuca agria de Cartagena, harina de sagú de Ventaquemada, un merengón de mambe que resignifica la hoja de coca como alimento, un cacao de Arauca, una granita de piña hecha con cáscaras fermentadas.
“No estamos hablando de cero desperdicios –dijo–, porque esa meta es muy ambiciosa aún. Hablamos de aprovechamiento, que es un término positivo. Y para el cliente que quiere saber, le contamos estas historias sin estarle hablando en plena cena de sostenibilidad”.
Fue una lección de comunicación en estado puro: a veces el mensaje más poderoso es el que se encarna en un producto, en un sabor, en una relación con el territorio. Y, como él mismo reconoció, “detrás de eso hay una historia hermosa de sostenibilidad sin tener que mencionar ese término que a veces resulta tan pesado para el común de las personas”.
La autocrítica que nos falta: ¿estamos comunicando mal?
Daniel Ibarra, de la Cámara Verde, reveló que, según la encuesta de descarbonización de la Cámara, entre 2023 y 2025 disminuyó la cantidad de empresas que creen que están expuestas a los riesgos del cambio climático. “A veces pierdo la fe, la recupero, sigo, pero creo que nos falta mucha autocrítica en cómo estamos comunicando. No se trata solo de mostrar casos exitosos, sino de encontrar un lenguaje que realmente conecte con quienes todavía no se han convencido. Porque si no logramos que el productor y el consumidor común tomen este camino, la sostenibilidad seguirá siendo una promesa incumplida.”
David Pacheco cerró con una idea que unificó muchas de las voces: “Somos un ecosistema. Tenemos que empezar a hablarnos con el mismo lenguaje. No podemos hablarle solo de GRI y ESG a una pyme. Tenemos que encontrar un lenguaje adecuado y mostrar que la sostenibilidad sí es rentable, que genera valor”.
Y remató con una frase que varios asintieron: “Para hablar ese lenguaje común se necesita hablar sobre plata, porque a todos nos gusta la plata”.
Un camino que se hace al andar
Al despedirnos, quedó en el aire la certeza de que estos espacios de diálogo cercano son necesarios y pertinentes. En un país donde las regulaciones cambian, los fenómenos climáticos se intensifican y las cadenas de valor se tensionan, sentarnos a conversar entre empresarios de distintos tamaños y sectores es un acto de resistencia y de inteligencia colectiva.
Como lo dijo Alejandro, “la sostenibilidad es un camino. Nos necesita a todos”. Y en esa mesa, por unas horas, nos reconocimos como parte de un mismo ecosistema.
Gracias a Salvo Patria por abrirnos sus puertas y su cocina llena de historias. Gracias a cada uno de los 30 asistentes por llegar con la disposición de escuchar, de cuestionar y de construir. En Green Digital Comunicación Sostenible seguiremos tejiendo estos espacios porque estamos convencidas de que comunicar sostenibilidad es, ante todo, crear comunidad.
Jeannette M. Torres Flórez
Directora de Formación e Informes de Sostenibilidad
Green Digital Comunicación Sostenible